lunes, 7 de julio de 2014

Y ahí están esos días...

Y ahí están esos días. Esos días, que ni son ni negros ni blancos. Que son grises. Un gris triste, apagado, sin sentimiento. Bueno sí, con sentimiento, pero no un sentimiento cálido, alegre, vital. Solo es un sentimiento apagado. Como tu te sientes. Apagada, sin fuerzas, sin ganas de seguir adelante, solo de tumbarte y de llorar. De rendirte. De echarlo toda por la borda.

Esos días en los que reír te parece un lujo, y que llorar es la mejor medicina. En los que el fracaso es tu camino y la tormenta el único destino posible.

Pero ahí está, el salvavidas. Un mensaje. No un mensaje cualquiera. De un amor. Pero no de un amor cualquiera, no de un amor de verano, ni de tu primer amor, ni un amor de un fin de semana, ni un amor del instituto. El amor más grande que pueda existir. El amor de una madre.

Y es que no hay amor más verdadero. Mas entero, más puro, más grandioso, como el que nos ofrece una madre. Ella sabe lo que decir, ella te abraza y te quiere. Y aunque la distancia os separe, no hay límites para un amor así.


Porque al fin y al cabo, un amor tan perfecto, no entiende de límites ni de distancias.  


¿Saben de qué película me he inspirado? No se preocupen. Que no la voy a decir, la tienen que pensar.