Miré a aquella pobre mujer, sentada en la silla de cuero detrás del mostrador, y pensé en la mejor manera de preguntarle si tenía en aquella estrambótica tienda un par de velas. No quería que pensara que iba a hacer alguna especie de magia negra.

- Pobre pequeña. Si supieras lo que va a ocurrir esta noche, no saldrías por esa puerta, ni te acercarías a la casa de tu amiga. Huye y quítate ese disfraz joven Laura.
Me quedé perpleja ante aquellas palabras. ¿Cómo conocía mi nombre? Cuando intenté preguntárselo, la mujer no estaba, sólo se encontraba en aquel lugar el sillón viejo y mugriento detrás del mostrador.
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