
En uno de esos días en los que decides perderte por la ciudad de la que te has enamorado, conocí a William, un Inglés que como yo, se había enamorado de ese país, pero al contrario de lo que me había sucedido a mí, el ya llevaba amándolo mucho tiempo. Según me dijo, desde que vio una foto de la capital rusa en una revista que solía leer de pequeño, al parecer ni siquiera sabía leer bien cuando descubrió el amor de la ciudad en la que desearía vivir.
William estaba sacando fotos a una pared blanca, cuando curiosa, le pregunté por qué se las sacaba, si en el lugar no había nada interesante que fotografiar. Me miró curioso, me repasó de arriba a abajo y seguidamente me señaló la pared. En ella había una carta atrapada entre pintura y tiempo, pero aún se podía leer el contenido.
Al parecer el autor era un joven ruso enamorado de su vecina, una mujer 20 años mayor. La mujer estaba casada con un militar al que el joven temía, pero consiguió demostrarle el amor a su amada con cartas que pegaba a la pared con una fina capa de pintura que el marido nunca era capaz de ver pero que la mujer siempre leía después de volver de comprar del mercado.
En la última carta, la última visible, el joven muchacho le decía que escaparan juntos, que la mujer había conseguido robarle el corazón con cada mirada que le lanzaba mientras este salía a la ventana de la casa de enfrente a la suya. Le proponía huir en las últimas lineas de aquella carta escondida tantas veces a un marido ingenuo. Según nos contó aquel hombre, con una sonrisa melancólica en los labios, la mujer huyó, guiada por el amor, junto al joven.

William pocos días después me dijo que le había robado el corazón, coincidió que pasábamos en frente de la pared de las cartas, pero, no me propuso huir con él del país del que nos habíamos enamorado, sino mudarnos al lugar donde los dos habíamos encontrado algo tan maravilloso como era el amor.
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