
Le maravillaron cada uno de los cuadros de la habitación dónde se encontraba. Adoraba cada uno de ellos, como su amada había jugado con los trazos y los colores para así darle una belleza especial y auténtica a cada uno de ellos. Creyó que podría quedarse mirando los cuadros de la joven que le habló por primera vez en la biblioteca en cuarto de primaria durante toda una vida. Quizás dos, o todas las que viviera.
Ni siquiera se dio cuenta de cuando entró en el cuarto Elisa con una bandeja llena de bombones de chocolate hechos por ella misma. Le hizo gracia cómo Ricardo miraba los cuadros de aquella manera tan graciosa, cómo cuando miraba los cuadros de Velázquez, que les encantaban a los dos.
En ese momento lo único que deseaba Elisa era estar en silencio junto a Ricardo, admirando sus cuadros, o los de Velázquez o la vida. Lo único importante para los dos era estar juntos.
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